Carmen Laforet, la historia detrás de la escritora de Nada

Carmen Laforet: del éxito de nada, de la maternidad y de la búsqueda de su propia voz

Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado y no me esperaba nadie“. Puede que el inicio de Nada de Carmen Laforet presagiara parte de la historia de su escritora. Pocos esperaban que una chica de apenas 23 años revolucionara el sector editorial como ella lo hizo. O que ganase el Premio Nadal (1945) con una primera edición. Quizá tampoco que los medios de la época sentirían una auténtica fascinación por su vida y sus escritos (aunque quiza se daban más eco de lo primero). Pero, tras 100 años de su nacimiento, Carmen sigue tan presente como entonces.

Hoy celebramos este pequeño homenaje repasando algunos detalles de su vida y de su exitosa novela, un fascinante relato de la posguerra catalana.

Quién fue Carmen Laforet

Carmen Laforet fue una escritora que nació el 6 de septiembre de 1921 en Barcelona. Aunque apenas vivió dos años en la casa que la vio nacer, la calle Aribau estuvo presente tanto en su vida como en la de Andrea, la protagonista de su novela. Con apenas dos años se mudó a Gran Canaria, donde pasó su infancia y su adolescencia, y no volvió a la ciudad condal hasta los 18.
Aunque intentó estudiar Filosofía y Letras, y también la carrera de Derecho, lo cierto es que Carmen no consiguió el título de ninguna de esas dos carreras. Con apenas 19 años comenzó a tomar notas y escribir lo que serían las bases de Nada (1945) y La isla y los demonios (1952).

Cuando Nada se convirtió en un éxito editorial

Con 23 años, el primer libro de Carmen Laforet, Nada, ganó la primera edición del Premio Nadal en 1945. Este hecho, además de una más que considerable fama, le valió para consolidar tanto la opinión de la crítica como la de los lectores, quienes se rindieron ante sus líneas. Hasta tres ediciones distintas llegaron a reeditarse aquel año, e incluso fue el libro más traducido después de El Quijote de Miguel de Cervantes y La Familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela.

Después de Nada llegaron otros libros como La mujer nueva (1955) o La insolación (1963), así como una gran cantidad de cuentos y otros tantos artículos para diferentes medios. Aunque siempre (y cuando digo siempre me refiero al principio de su carrera como escritora) se la juzgó por no conseguir replicar lo que consiguió con Nada.

Carmen Laforet fue una escritora que tuvo que luchar contra su propio primer éxito. Y aguantar tanto las críticas como las comparaciones con su primera gran novela. Y, aunque puede que solo se la recuerde por ello, lo cierto es que tuvo que compaginar su profesión con la crianza. Tuvo cinco hijos con el crítico Manuel Cerezales, con quien se casó pronto. Y tuvo que compaginarlo todo a la vez: la presión por parte de los lectores, los plazos editoriales, la crítica de la prensa que no tenía ningún tipo de reparo en ir a por ella, el incansable trabajo en casa cuidando a todos sus hijos, las colaboraciones regulares que tenía con los medios y la inalcanzable necesidad de libertad. Y todo ello, luchando con sus propios ideales: los de una mujer moderna, inconformista y vanguardista, con su nuevo rol como esposa y madre.

Empecé mi segunda novela en circunstancias difíciles. niños muy pequeños, falta de tiempo, poco dinero, preocupaciones…. fue un periodo en el que me fui sumergiendo como en el fondo de un mar. En las alegrías, en las tristezas, en las preocupaciones de la vida doméstica. Entra “Nada” y “La isla de los demonios” pasaron ocho años.”

Relataba Carmen Laforet.

El peso de ser una mujer exitosa en la época de la posguerra

Tal y como han comentado sus propios hijos en numerables ocasiones, el peso de la prensa consiguió hacer mella en Carmen Laforet. Los mdios (cada vez más sensacionalistas) y las entrevistas fuera de tono por ser mujer “¿Qué es lo más importante para usted, su vida de escritora o su vida como madre?” provocaron en la escritora una sensación de desazón enorme. Algo que, por cierto, no pasaba sus colegas (hombres) escritores, como Camilo José Cela.


En ese momento es cuando comienza a distanciarse poco a poco de las entrevistas, de las declaraciones y de la atención mediática. Quizá también promovido por la falta de un entorno que la reforzara y la apoyase, como sí tendría Carmen Martín Gaite o Ana María Matute. Aunque eso no significó que se alejase de la escritura. Mientras cuidaba a sus hijos madrugaba muchísimo para poder escribir los artículos que tenía apalabrados con diarios como ABC, aunque esto supusiera la parte menos creativa de su trabajo: debía escribir para pagar facturas. Como todo el mundo. Pero parecía que este disgustaba de alguna forma a la prensa, quienes tildaban de “fracaso” que Carmen no sacase más libros o que no lo hiciera con una calidad similar a su primer trabajo.

Tánger y Nueva York: dos refugios para artistas

Carmen Laforet continuó escribiendo. De hecho, nunca paró de hacerlo. Aunque quizá fue La mujer nueva (1955), dedicado a la tenista Lili Álvarez, lo que provocó un antes y un después a nivel personal. En el libro, conocemos la conversión religiosa de una mujer adúltera que, tras abandonar a su marido, vuelve con él por convicciones religiosas. Con él ganó el premio nacional de literatura de 1956 tras los elogios de las instituciones franquistas de la época. Por su lado, la crítica se volcó contra ella, criticando que se había sometida y que poco quedaba de la chica vanguardista y moderna que había escrito Nada. Vamos, que era imposible contentar a todo el mundo. Quizá por ello se refugida poco después en Tánger.


Tánger supuso un auténtico oasis cultural para una gran cantidad de escritores y artistas: Francis Bacon, Mark Twain, Truman Capote, Gertrude Stein, Alice B. Toklas… e incluso los representantes de la Generación Beat como Jack Keoruac, Gregory Corso, Allen Gisnberg o William Burrough. Para Carmen Laforet también supuso un oasis de tranquilidad. Conoció a personalidades de la época, disfrutó de la compañía de otros artistas y también de la soledad creativa cuando lo necesitaba. De hecho fue Emilio Sanz de Soto quien comenzó a unir a personalidades como Truman Capote o Jane y Paul Bowles con la escritora. Por fin se sentía parte de un grupo creativo que compartían aficiones e inquietudes con ella.

También disfrutó del anonimato, de poder vivir sin prejuicios y la libertad de sus compañeros escritores. De ellos sacó inspiración para su siguiente novela “Insolación” (publicado en 1963), con una fuerte crítica a la estrecha moral de la época. Aunque consiguió terminarla, Insolación volvió a abrir las heridas del pasado: el miedo al papel en blanco, a no encontrar una voz que provocase un cambio, las comparaciones con Nada…

Tras su publicación y tras lo vivido en Tánger, volvió a embarcarse en un viaje con rumbo a Nueva York. Parecía que necesitaba constantemente huir de todo aquello que la había convertido en la escritora que era. Que le oprimía y le provocaba pesadillas. Allí sintió de nuevo libertad y se fascinó por las libertades de la época. E incluso descubrió que Nada se estudiaba en una gran cantidad de universidades y que era muy respetada.

De lo que vivió en Estados Unidos surgió Paralelo 35 (1967), una crónica de viajes donde no dejó de lado ni los sentimientos que le provocó conocer la cultura ni la crítica al conflicto racial. Sin embargo, en cuanto volvió a Madrid, todos los sentimientos negativos de la ciudad y de lo que suponía “volver a casa” le atacaron de nuevo. Sentía que la sociedad estaba muy atrasada y veía con envidia otras culturas más vanguardistas.

Carmen Laforet junto a sus hijas

Buscando su propia voz

Sumida en una auténtica depresión por lo que había vivido en Tánger y en Nueva York, y más aún, por lo que suponía volver a Madrid, decidió hablar con Manuel Cerezales y llegar a un acuerdo. Ella necesitaba continuar viajando para poder escribir, aunque eso supusiera abandonar a su familia. Cerezales solo le puso una condición: que no escribiera de su relación.

Se fue a París para inspirarse pero le fascinó tanto el ambiente, que decidió vivir. Dejarse llevar por las calles, por los cafés y por los encuentros culturales. Por primera vez se puso a ella en primer lugar y comenzó a disfrutar de viajar y de la vida. Este viaje la llevó a Roma con Rafel Alberti, a París de nuevo, a otras ciudades europeas e incluso a Los Ángeles y otras partes de Estados Unidos. Sin embargo, y aunque siempre estaba metida en muchos proyectos, no consiguió volver a escribir. Ni tampoco terminar ningún escrito. Rompía hojas, tiraba borradores. Nada le convencía como para enseñarlo. Aunque nunca dejó de intentarlo.

Poco a poco fue recluyéndose más en su intimidad y en los suyos hasta que murió a causa de una enfermedad degenerativa. Sus hijos, por su lado, decidieron publicar su novela póstuma Al volver la esquina (2004). Un último regalo que dejó Carmen Laforet. Al igual que una gran cantidad de manuscritos que mandó quemar tras su muerte.

Puede que Carmen fuera una escritora adelantada a su tiempo, con un talento tan grande que la trastocó toda su existencia y la de los suyos. Pero fueron precisamente sus letras las que consiguieron inspirar a cientos de generaciones e, irónicamene, hacerles también un poco más libres.

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