Hay algo en los libros basados en historias reales que te produce cierto estupor. Es ese mismo sentimiento cuando miras casas que han permanecido cerradas desde hace tiempo pero intactas, como las dejaron sus dueños. Aunque nos duela asociar cierta realidad a la ficción, no puede compararse a lo que te conmueve cuando sabes que hubo personas que realmente formaron parte de esa realidad. Que lo vivieron. Lo sufrieron. Que formó parte de su propia historia. De ello se hizo eco Viola Ardone quien ha recogido en El tren de los niños una historia basada en hechos reales.

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